Artículos de investigación
Vivienda deshabitada y urbanismo cerrado: un estudio desde la perspectiva espacial en Tecámac, Estado de México (2020)
Uninhabited Dwelling and Closed Urbanism: A Spatial Perspective Study in Tecámac, Mexico Country (2020)
Vivienda deshabitada y urbanismo cerrado: un estudio desde la perspectiva espacial en Tecámac, Estado de México (2020)
Quivera. Revista de Estudios Territoriales, vol. 27, núm. 2, pp. 67-98, 2025
Universidad Autónoma del Estado de México
Recepción: 15 Abril 2025
Aprobación: 09 Junio 2025
Publicación: 04 Julio 2025
Resumen:
Los municipios del centro de México presentan altas concentraciones de vivienda deshabitada; fenómeno documentado desde 2010, pero con escasos estudios recientes. Esta investigación analiza la relación entre vivienda deshabitada y urbanismo cerrado en el municipio de Tecámac, Estado de México, utilizando como enfoque teórico la ciudad fragmentada y urbanismo cerrado. Se parte de la hipótesis de que ambos fenómenos presentan autocorrelación espacial, es decir, tienden a agruparse territorialmente y a coexistir en un mismo espacio. Para comprobarlo, se utilizan datos del Inventario Nacional de Vivienda 2020 a nivel de Área Geográfica Básica (AGEB) y se aplican técnicas como el análisis de componentes principales y el índice de Moran, en sus versiones global y local, tanto de forma univariada como bivariada. Los resultados indican que la vivienda deshabitada y las características del urbanismo cerrado —como bardas perimetrales, accesos controlados o calles privadas— presentan patrones de concentración en zonas periféricas del municipio. Asimismo, se identificó autocorrelación positiva y significativa entre ambos fenómenos, lo que sugiere su coexistencia espacial. Se concluye que es necesario incorporar variables relacionadas con el urbanismo cerrado para comprender mejor las dinámicas de deshabitación, lo cual puede ser útil para el diseño de políticas públicas en contextos urbanos fragmentados.
Palabras clave: vivienda deshabitada, urbanismo cerrado, autocorrelación espacial, políticas públicas, Tecámac.
Abstract:
Municipalities in central Mexico exhibit high concentrations of uninhabited housing, a phenomenon documented since 2010, yet with limited recent studies. This research examines the relationship between uninhabited housing and gated communities in the municipality of Tecámac, Estado de México, using the theoretical framework of the closed urbanism and gated urbanism. The study hypothesizes that both phenomena demonstrate spatial autocorrelation, meaning they tend to cluster together and coexist within the same areas. To test this, data from the 2020 National Housing Inventory at the Basic Geostatistical Area (AGEB) level were utilized. The analysis employed techniques such as principal component analysis and Moran’s I index, applying both global and local, univariate and bivariate versions. The findings indicate that uninhabited housing and the characteristics of gated communities—such as perimeter walls, controlled access, or private streets—exhibit concentration patterns in peripheral areas of the municipality. Furthermore, a positive and significant autocorrelation was identified between both phenomena, suggesting their spatial coexistence. It’s concluded that variables related to gated communities must be incorporated to better understand the dynamics of uninhabited housing, which can be useful for designing public policies in fragmented urban contexts.
Keywords: uninhabited dwelling, fragmented city, spatial autocorrelation, policy, Tecámac.
Introducción
La información disponible para consulta pública sobre vivienda deshabitada en México es relativamente reciente. En 2005, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) publicó por primera vez estadísticas a escala municipal como parte del conteo intercensal (INEGI, 2005). Sin embargo, no fue sino hasta 2010 que la dependencia comenzó a ofrecer información a escalas más detalladas como colonia, área geográfica básica (AGEB) y manzana. Esto permite afirmar que el estudio de la vivienda deshabitada con datos agregados es relativamente contemporáneo.
Sin embargo, para el año 2015, ya se identificaba como una problemática porque el país tenía una de las mayores tasas de este tipo de vivienda en comparación con otras naciones integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), incluyendo aquellas que se encontraban recuperándose de una burbuja inmobiliaria (OCDE, 2015).
La alta tasa de vivienda deshabitada refleja importantes distorsiones en el mercado inmobiliario, en el que la producción de viviendas nuevas solo cubría de manera parcial a la demanda, favoreciendo a sectores con características socioeconómicas específicas, además se facilitaba el acceso a hipotecas o financiamientos, no solo para la satisfacción de una necesidad habitacional, sino también como forma de inversión (Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores [Infonavit], 2012). Este modelo excluye a amplios sectores de la población que no cumplían con los requisitos exigidos por los organismos públicos encargados de otorgar créditos, como lo son el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) o el Fondo de la Vivienda del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Fovissste), entre otros.
Antes de las reformas en materia de vivienda del año 2019 —que introdujeron mecanismos como la vivienda en renta, el crédito para adquisición de terrenos, construcción o mejora— la política gubernamental favoreció la compra de vivienda nueva (Infonavit, 2024), lo que incentivó un crecimiento urbano acelerado y desarticulado, sin atender las necesidades reales de la población objetivo, promoviendo la edificación en zonas periféricas (González Contreras y Jiménez Huerta, 2018; Cabrera y Guillén, 2018).
Como consecuencia, se generó una distribución inequitativa de la vivienda disponible y se ampliaron las brechas de desigualdad entre sectores poblacionales en aspectos como transporte, educación, seguridad, acceso al empleo y disfrute de los espacios públicos (Reyes, 2020; Segura, 2015). Estas desigualdades se agudizan en función de la localización y las características del entorno, y han sido identificadas como factores que explican el aumento de vivienda deshabitada (Conavi e INEGI, 2016).
Por ello, los estudios realizados en entidades con alta incidencia de vivienda deshabitada, como el Estado de México, resultan especialmente relevantes ante el crecimiento o persistencia de este fenómeno en los últimos diez años (Sistema Nacional de Información e Indicadores de Vivienda (SNIIV), 2023). Esto ocurre a pesar de la aplicación de políticas públicas destinadas a reducir su número, lo cual sugiere la existencia de factores explicativos aún no contemplados en los diagnósticos actuales. Además, debido a los altos niveles de conectividad y a la proximidad con polos de desarrollo tradicionales como la Ciudad de México, — recientemente por la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA)— municipios como Tecámac están nuevamente expuestos a una mayor presión del mercado inmobiliario, sin que esto necesariamente implique un incremento en la oferta de vivienda adecuada para todos los sectores, especialmente la vivienda popular.
Desde el enfoque teórico de la ciudad fragmentada, es posible explorar la relación entre el urbanismo cerrado y la distribución espacial de la vivienda deshabitada. Este enfoque permite cuestionar la concepción tradicional de la relación entre centro y periferia, proponiendo que las dinámicas de desigualdad y exclusión no se explican únicamente por condiciones de precariedad o carencia, como han planteado diversos estudios (Salgado Calderón, 2014; Sánchez y Salazar, 2011; BBVA Research, 2011). No obstante, estas explicaciones continúan siendo las más utilizadas en la formulación de estrategias gubernamentales, a menudo sin considerar las particularidades de cada municipio (Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano [Sedatu], 2020).
El análisis de la vivienda deshabitada desde la perspectiva del urbanismo cerrado permite identificar problemáticas espaciales que perpetúan mecanismos de desigualdad en el acceso a los beneficios urbanos. Sus manifestaciones no solo como resultado de carencias o malas condiciones del entorno, sino también a través de nuevas configuraciones urbanas que afectan la habitabilidad. En este sentido, el urbanismo cerrado resalta factores como la afinidad socioeconómica entre los habitantes, menor exposición a la inseguridad —pese a su proximidad con colonias populares periurbanas—, mejores condiciones urbanas y una mayor certidumbre para la inversión inmobiliaria. Estas características pueden incentivar la presencia de vivienda deshabitada, al representar un entorno más atractivo para inversiones especulativas, aun si estas viviendas permanecen vacías por largos periodos.
La vivienda deshabitada es el eje central del análisis, ya que se considera una expresión material de diversas problemáticas urbanas y sociales, como la desarticulación del crecimiento urbano, la especulación inmobiliaria, la desigualdad en el acceso a la vivienda, y las limitaciones de la infraestructura y servicios en las periferias, afecta negativamente la habitabilidad del entorno y contribuye a procesos de deterioro urbano. Por su parte, el urbanismo cerrado alude a la presencia de desarrollos habitacionales que se caracterizan por su acceso restringido, homogeneidad socioeconómica y separación del tejido urbano circundante. Asimismo, se considera una manifestación del urbanismo cerrado, ya que segmenta espacialmente a la población y reproduce desigualdades en el acceso a los servicios, el espacio público y las oportunidades urbanas. El integrar esta variable en el análisis permite evaluar si existe una relación espacial con la vivienda deshabitada, es decir, si los fraccionamientos cerrados favorecen —o no— su aparición o concentración, ya sea por procesos de especulación, por mecanismos de exclusión social o por dinámicas propias del mercado inmobiliario.
En este contexto, el municipio de Tecámac, Estado de México, representa un caso paradigmático para estudiar el comportamiento de las dinámicas que presentan las viviendas deshabitadas y su relación con el urbanismo cerrado. Principalmente, porque ha experimentado un acelerado proceso de expansión urbana originado por la proliferación de fraccionamientos cerrados en zonas periféricas, misma que ha propiciado patrones de segregación residencial, donde coexisten espacios de alta consolidación urbana y otros tantos marcados por el abandono y desocupación habitacional. Lo anterior ha sido resultado de una configuración territorial fragmentada, donde el acceso a la ciudad y sus beneficios tienden a presentar una gran inequidad.
En función de lo anterior, este trabajo tiene como objetivo identificar las dinámicas espaciales entre la vivienda deshabitada y el urbanismo cerrado en el municipio de Tecámac, Estado de México, durante el año 2020. Se plantea que tanto la vivienda deshabitada como el urbanismo cerrado presentan autocorrelación espacial, es decir, tienden a regionalizarse, y además se presentan de forma simultánea en el territorio. Para ello, se emplea una metodología cuantitativa basada en el Índice Local de Moran y la técnica de Componentes Principales.
El documento se estructura en tres apartados: en el primero se revisan los estudios previos sobre el fenómeno y los fundamentos teóricos del urbanismo cerrado desde la perspectiva de la ciudad fragmentada; en el segundo se presenta la metodología y los materiales utilizados; el tercero expone el análisis de autocorrelación y correlación espacial de la vivienda deshabitada. Finalmente, se discuten los resultados y se presentan las conclusiones del estudio.
Lo que se sabe de la vivienda deshabitada
El incremento de la vivienda deshabitada es de interés a nivel internacional, en donde se ha buscado conocer mejor sus características espaciales para formular políticas que reduzcan su incremento. Por ejemplo, en el caso de Corea del Sur, el deterioro de viviendas, el envejecimiento de la población, la localización y los medios de transporte son considerados como factores explicativos (Joo et al., 2022).
Para el caso de China, Sun et al. (2011) argumentan que el incremento de la vivienda deshabitada es una expresión de la especulación inmobiliaria (burbuja), en donde existe una sobreoferta y aunque las viviendas son adquiridas por un sector poblacional, no se cubre una necesidad, repercutiendo paralelamente en los precios del alojamiento y en los niveles de habitabilidad. A su vez, la presencia de estas viviendas representa un impacto medio ambiental, especialmente, al desperdiciar recursos como el suelo, materias primas, infraestructura o agua.
En el caso de la vivienda deshabitada en México, los estudios han referido a distintas causas, como los flujos de migración o las crisis económicas –como la de 2009– (Monkkonen, 2014, 2019; Sánchez y Salazar, 2011; BBVA Research, 2011). También, las características del entorno en donde se han construido las nuevas viviendas tienen un efecto en relación con la decisión de habitar un lugar; el incremento de los índices de inseguridad; los desplazamientos forzados por violencia; falta de equipamiento urbano y servicios públicos (Nieto et al., 2023; Contreras Saldaña, 2021; Fuentes Flores, 2016).
En lo correspondiente a la dimensión teórica, se asocia la sobreproducción de vivienda con las políticas de libre mercado y sus efectos en la oferta habitacional. Se reconoce que no todas las viviendas pueden ser habitadas al mismo tiempo (en ocasiones por procesos de alquiler); también se relaciona con una tendencia para producir vivienda se sobremanera, sin considerar la planeación urbana para la provisión de servicios básicos y la localización de las nuevas construcciones (Reyes, 2020; Contreras Saldaña, 2021; Salgado Calderón, 2014; Monkkonen, 2014; BBVA Research, 2011; Fuentes Flores, 2016).
Desde la teoría de la desorganización y de las actividades rutinarias, se explica una asociación entre el incremento de ciertos delitos y la presencia de viviendas no habitadas (Fuentes Flores, 2016). En años recientes, se han integrado los preceptos teóricos de la acumulación por desposesión en donde las personas deciden no habitar debido a la presencia y control de territorios por parte de grupos del crimen organizado en zonas fronterizas del norte de México (Nieto et al., 2023).
Finalmente, se ha desarrollado una dimensión espacial en los estudios de la vivienda deshabitada. Se comprende este fenómeno en función de la localización. Una parte de los estudios muestra que las regiones periurbanas, caracterizadas por una carencia de equipamiento urbano, alejadas del centro tradicional y de las actividades económicas, suelen albergar una gran cantidad de este tipo de viviendas (Reyes, 2020; Contreras Saldaña, 2021; Salgado Calderón, 2014).
No obstante, esta tendencia no es concluyente ni generalizada. Otras investigaciones han identificado que regiones cercanas a los centros tradicionales también pueden concentrar gran cantidad de las viviendas deshabitadas (Monkkonen, 2019; González Contreras y Jiménez Fuentes, 2018; Montejo Escamilla y Caudillo Cos, 2016). Incluso existe evidencia de su presencia en zonas periféricas, pero con menores condiciones marginales (Pastén Hernández, 2024).
Desde la perspectiva de esta investigación se considera que la dimensión espacial es útil para identificar factores asociados con el entorno urbano que pudiera incrementar o disminuir la presencia de este tipo de viviendas. A diferencia de los estudios hasta ahora realizados, su ubicación en el centro o la periferia de la ciudad puede estar determinada por la adopción de mecanismos defensivos diseñados para diferenciación social y que contribuyen a la fragmentación del entramado urbano, es decir, mediante la adopción de un tipo de urbanismo cerrado.
Para este trabajo, es importante explicar la manera en que se relacionan espacialmente las viviendas deshabitadas y el urbanismo cerrado. Por lo que en el siguiente apartado se detallarán las características de este tipo de urbanismo.
Un acercamiento teórico del urbanismo cerrado y la ciudad fragmentada
Uno de los fenómenos que se ha identificado en distintas ciudades del mundo es el de las urbanizaciones cerradas. Las investigaciones han documentado cómo se ha popularizado de manera casi generalizada en las ciudades, especialmente, a partir de la adopción de políticas de libre mercado y la globalización (Gómez-Maturano, 2012; Prévot Schapira, 2001).
Estas urbanizaciones se han incrementado en países europeos, excomunistas, asiáticos, por supuesto, en Estados Unidos y la región de América Latina (Hammad et al., 2024; Cherkes, et al., 2023; Nadeem, et al., 2023; Idak y Frankiv, 2022; Balčaitė y Krupickaitė, 2018; Blakely y Snyder, 1998; Janoschka y Glasze, 2003; Duhau y Giglia, 2008/2013; Soja, 2008).
Aunque suele denominarse de distinta forma —como el término anglosajón de gated communities—, las urbanizaciones cerradas suelen compartir características que las definen como un objeto de estudio a pesar de ser abordado por diferentes áreas del conocimiento. Desde la perspectiva de Riotman (2016), una característica en la que parece haber consenso es la presencia de muros, barreras, rejas y vallas, las cuales sirven para restringir el acceso a quienes no pertenecen al conjunto habitacional.
El estudio de las barreras físicas o materiales, adoptado por las urbanizaciones cerradas, ha sido desarrollado desde la perspectiva de la ciudad fragmentada, especialmente porque se asocia como un generador de una fractura social, acentuando los procesos de segregación, pero materializando la diferenciación a través de distintos dispositivos (Burgess, 2009; Gómez-Maturano, 2012; Guzmán Ramírez y Hernández Sainz, 2013).
Los efectos urbanos de esta forma de habitar no solo son producto del cambio en la morfología –—como puede ser en la relocalización de espacios funcionales—, sino también en la forma en que se relacionan sus habitantes. En las urbanizaciones cerradas, se potencia la diferenciación de las características socioeconómicas, pero a diferencia de la segregación o la segregación socioespacial, estas se expresan a través barreras físicas, fragmentando y aislando las relaciones sociales entre los habitantes al interior de las zonas habitacionales, caracterizadas por una cohesión frágil pese a una relativa homogeneidad entre sus residentes (Guzmán Ramírez et al., 2021; Gómez-Maturano, 2012; Janoschka, 2002).
Aunque la evidencia ha mostrado una tendencia para que los grupos socioeconómicos más altos sean quienes adopten el urbanismo cerrado y el aislamiento social —relocalizándose, adoptando estilos de vida asociados con la seguridad o la preservación del estatus, así como la privatización del espacio (Czerny y Czerny, 2020; Soja, 2008)—, también se muestra su adopción por parte de los sectores populares y de clase media en distintas ciudades (Kozak, 2018; Janoschka, 2002).
Se ha denominada como falso urbanismo cerrado a los esfuerzos de los estratos medios o bajos por adoptar las características de las urbanizaciones cerradas reales de las clases altas, en donde se privatizan los espacios públicos, mejores espacios comunes para la recreación como canchas deportivas o áreas verdes; equipamiento urbano como alumbrado público y vías de comunicación de calidad; dispositivos de seguridad privada o adopción de sistemas tecnológicos para estos fines; establecimiento de reglamentos y formas de control interno (Riotman, 2016).
Con la adopción de las características de este urbanismo, los diferentes estratos sociales tienden a confluir en el espacio, con una mayor cercanía espacial, pero con una mayor distancia social (Burgess, 2009). Así, se presentan zonas habitacionales en el centro de las ciudades y en las regiones periféricas, tanto para sectores altos como en lugares tradicionalmente relacionados con condiciones de marginalidad o de vivienda popular ubicados en la lejanía del entramado urbano, pero con características físicas que limitan o restringen el libre tránsito —incluso adoptadas posterior a su construcción— (Prévot Schapira, 2001; Segura, 2015; Janoschka, 2002).
Es imprescindible reconocer que no todas las ciudades muestran al mismo tiempo una tendencia para adoptar el urbanismo cerrado como forma de habitar, por lo cual, las políticas gubernamentales de vivienda tienden a potenciarla. Esto se expresa en la forma en que se construye la ciudad, formas de islas o enclaves y en la adopción de barreras físicas como medio de resguardar a sus habitantes ante los peligros de una ciudad percibida como hostil, teniendo utilidad para adquirir estatus o exclusividad, profundizando los procesos de segregación (Guzmán Ramírez et al., 2021).
Como consecuencia, se han generado una diversidad de tipologías del urbanismo cerrado. Meyer y Bähr (2004) y Bähr y Borsdorf (2005) identifican en ciudades latinoamericanas en forma de condominios de clases altas, ubicados en la periferia, otros diseñados para las clases medias, o con subsidio Estatal, lugares que lo adoptaron de manera posterior a su construcción y diseño, así como condominios de edificios producto de megaproyecto, o de uso temporal.
En el estudio clásico de Blakely y Snyder (1998), en ciudades de Estados Unidos se identifican tres tipos de urbanizaciones cerradas (gated communities): 1) urbanizaciones como estilo de vida; 2) desarrollo de prestigio; y 3) urbanizaciones como zonas de seguridad. En ellas se encuentran implícitas motivaciones como el elitismo, la exclusión y la inseguridad.
Para Riotman (2016), este urbanismo se adopta por las clases altas (con una estructura lujosa) o por los estratos medios y medias altos (zonas habitacionales en donde se construyen viviendas de interés social y urbanizaciones semicerradas). A pesar de la diversidad conceptual, las características físicas permiten identificar su magnitud en cada caso de estudio.
Desde esta perspectiva, el urbanismo cerrado no solo es una expresión de la fragmentación de la ciudad entre las distintas poblaciones en función de sus características socioeconómicas, sino también un factor que incide en la presencia de vivienda deshabitada. Las características físicas, las barreras y los dispositivos para controlar el acceso para personas o autos ajenos a las zonas habitacionales que se han popularizado en las ciudades pueden tener un efecto para incrementar el número de viviendas deshabitadas en su interior, esto al existir una propensión para reducir su deterioro físico (convirtiéndose en viviendas abandonadas) y mantener su costo a lo largo del tiempo sin importar su ubicación (Kozak, 2018; Soja, 2008).
El concepto urbanismo cerrado resulta especialmente útil para analizar las transformaciones urbanas que ha vivido Tecámac, Estado de México, durante las últimas décadas. Su desarrollo reciente refleja los efectos de políticas neoliberales de vivienda, con una fuerte participación del sector privado, una reducción del rol regulador del Estado y una creciente mercantilización del suelo urbano.
Desde 1990, acentuándose hacia el año 2000, Tecámac ha vivido una expansión territorial importante debido al modelo de vivienda de interés social, incentivada por instituciones como el Infonavit. Este crecimiento obedeció a la presión demográfica originada en el Valle de México y a las políticas de desarrollo urbano orientadas a la periferia, la cual no se acompañó de una planeación integral ni al fortalecimiento de las capacidades de los municipios, generando un entorno urbano discontinuo con zonas habitacionales dispersas, escasa conectividad y con dependencia de transporte privado e informal.
En Tecámac se observa la coexistencia de viviendas deshabitadas dentro y fuera de urbanizaciones cerradas, así como la presencia de muros, rejas o casetas en colonias donde inicialmente no se contemplaban estas características. Por ejemplo, en los fraccionamientos como Los Héroes Tecámac o UrbiVilla del Campo, desarrollos pensados para sectores populares o medios, se han incorporado dispositivos de control de acceso que refuerzan la lógica de la ciudad fragmentada. Esta privatización del espacio urbano no solo responde a la percepción de inseguridad, sino también a un modelo de ciudad excluyente donde la accesibilidad, la movilidad y los servicios públicos se ven condicionados por la pertenencia socioeconómica.
Asimismo, este modelo ha derivado en una ocupación intensiva del suelo, acompañado por el deterioro en la calidad de vida urbana. Las largas distancias con los centros de trabajo, los deficientes servicios públicos y la baja calidad constructiva han derivado en un fenómeno creciente de vivienda deshabitada, especialmente en los desarrollos más alejados y menos conectados. En este sentido, el urbanismo cerrado en Tecámac ha contribuido no solo a reproducir la desigualdad, sino también a generar dinámicas de exclusión y abandono que impactan directamente en la cohesión social y la sustentabilidad del territorio.
Por tanto, analizar el caso de Tecámac desde el urbanismo cerrado permite comprender cómo la expansión urbana sin planificación, la segregación socioespacial y la adopción de estos modelos de urbanización se articulan con fenómenos como la vivienda deshabitada, afectando las posibilidades de integración urbana y social. En el siguiente apartado se expone la metodología empleada para el estudio empírico de estas dinámicas mediante el análisis espacial.
Materiales y método
La investigación emplea una metodología cuantitativa a través de dos técnicas para el análisis de la información: a) construcción de un Índice de Urbanismo Cerrado mediante la técnica de componentes principales y b) un Análisis Exploratorio de Datos Espaciales (AEDE) a través del Índice de Moran univariado y bivariado.
Construcción del Índice de Urbanismo Cerrado y conceptualización de la vivienda deshabitada
El análisis de componentes principales (ACP) es una técnica utilizada para resumir información y describirla de una manera más fácil, esto mediante la reducción de dimensiones o variables que se encuentran altamente relacionadas (correlacionadas) para formar otras nuevas (De la Garza et al., 2013; Hair, et al., 1999). Esta técnica ha tenido gran aplicabilidad en las ciencias sociales para medir factores como la vulnerabilidad social (Medina Pérez et al., 2019).
Para esta investigación, el ACP se utilizó para resumir características del entorno urbano de las manzanas que componen cada AGEB[1] y obtener un indicador, el cual es denominado como Índice de Urbanismo Cerrado. La fuente de información fue el Inventario Nacional de Viviendas (INV) del INEGI (2020a) porque integra variables de las características del entorno urbano. No obstante, debido a la protección de datos personales de la institución, calcular el índice a nivel manzana resultaba poco operativo porque gran parte de la información no se encontraba disponible a esta escala. Por ello, se optó por trabajar a nivel AGEB, lo que permitió integrar una mayor cantidad de observaciones.
Desde esta perspectiva, las variables que se presentan en la tabla 1 permiten caracterizar el uso del urbanismo cerrado desde la perspectiva de la ciudad fragmentada en su dimensión física o material. En este enfoque, la restricción para quienes son ajenos al lugar donde se vive está representada mediante barreras, tanto para personas como para automóviles. En tal sentido, con la propuesta del índice se clasifican las unidades de estudio de acuerdo con la intensidad en que se adopta algún tipo de barrera física, lo que se asocia con una mayor fragmentación de las relaciones sociales y una tendencia para vivir en un encierro voluntario para reafirmar el estatus o como mecanismo defensivo ante los peligros percibidos de los espacios abiertos de la ciudad (Janoschka y Glasze, 2003; Duhau y Giglia, 2008/2013).
Bajo esta perspectiva, se considera que el urbanismo cerrado se adopta de manera diferenciada, por lo cual, estudiar este fenómeno en una escala local de la ciudad es importante porque permite identificar aquellos lugares en donde suele tener mayor preponderancia. En este sentido, los mayores valores del índice se asocian con una mayor propensión para preferir un aislamiento del resto de la ciudad; en caso contrario, los valores más bajos se asociarían a lugares o espacios abiertos (sin restricciones). No obstante, un planteamiento que considere solo la restricción (vehicular o peatonal) podría generar un sesgo para comprender el comportamiento espacial del urbanismo cerrado.
Cobra relevancia integrar las características contextuales del entorno para corroborar si los valores más altos corresponden a los lugares en donde las poblaciones con mayores ingresos suelen habitar en entornos cerrados. Elementos como alumbrado público, calles con recubrimiento diferente a tierra y la presencia de plantas de ornato son elementos que contribuyen a comprender e identificar enclaves de los sectores socioeconómicos más altos; en contraste de los sectores medios o populares que también han adoptado este tipo de urbanismo como mecanismo de diferenciación social, pero en forma de gradiente, en donde vivir en entornos cerrados no necesariamente se relaciona a mejorar las condiciones de habitabilidad (Guzmán Ramírez y Hernández Sainz, 2013; Bähr y Borsdorf, 2005; Meyer y Bähr, 2004; Janoschka, 2002).
| Variable | Descripción |
| Índice de Urbanismo Cerrado[2] | Sintetiza las variables: Vialidades cerradas para peatones. Vialidades cerradas para automóviles. Vialidades con presencia de alumbrado público. Calle con algún tipo de recubrimiento. Calles con presencia de plantas de ornato. |
| Vivienda deshabitada | Vivienda particular que está totalmente construida y disponible para ser habitada y que al momento del levantamiento no tiene residentes habituales, no es de uso temporal y no es utilizada como local con actividad económica. (INEGI, 2021, p. 24) |
El uso del índice fue propuesto por Pastén Hernández (2024) como una manera de conocer la adopción del urbanismo cerrado a escala local y su distribución en el espacio, haciendo posible identificar su magnitud. Es relevante porque integra elementos de este tipo de urbanismo desde la perspectiva espacial, física o material de la ciudad fragmentada utilizando datos agregados provenientes de instituciones públicas.
Como aproximación metodológica, el índice es trascendente porque genera un diagnóstico de este fenómeno y permite explorar sus dinámicas en distintas zonas urbanas. Además, desde un enfoque cuantitativo, genera relaciones con otras problemáticas útiles para identificar posibles concurrencias que afectan el espacio habitado (como el caso de la vivienda deshabitada). De tal manera, el índice puede considerarse como un elemento inicial para explorar su relación con otros conflictos producto de los cambios y transformaciones de las ciudades, pero también para explorar más causas y efectos derivados de la adopción del urbanismo cerrado en las ciudades.
La identificación de este patrón es plausible para conocer la distribución de la vivienda deshabitada, se utiliza la información de esta variable en términos absolutos a nivel AGEB. En esta clasificación se encuentran contabilizadas todas aquellas viviendas que presentan todas las características de habitabilidad, pero que durante el levantamiento censal no tenía residentes habituales, además no es utilizada para otra actividad de índole económica (tabla 1). Se diferencia de la vivienda abandonada, porque esta última “no se encuentra ocupada, sin mobiliario y sin mantenimiento; es decir, que muestra características intermedias de deterioro de la garantía, se observa descuido del inmueble como pasto crecido, acumulación de correspondencia, desgaste de pintura, etcétera” (Infonavit, 2015, p.29). En este sentido, la diferencia conceptual es importante debido a las estadísticas disponibles para su diagnóstico y aproximación.
Autocorrelación espacial e Índice Local de Moran
Para este trabajo es trascendental conocer cómo se distribuye la vivienda deshabitada y las características del urbanismo cerrado en la geografía de Tecámac. Se considera que el espacio permite explicar las distintas problemáticas urbanas y que este no solo debe ser identificado como una variable secundaria en los análisis. Diversos trabajos académicos han dado cuenta de la importancia de la geografía para mejorar la explicación en el comportamiento de distintos fenómenos, haciendo que las técnicas que implican el espacio geográfico tengan gran popularidad entre los estudios urbanos, socioeconómicos, e incluso, electorales (Custodio González et al., 2024; Lizama Carrasco y Pastén Hernández, 2023; Pastén Hernández, 2023; Campos Vargas et al., 2018).
Los análisis exploratorios de datos espaciales (AEDE) tienen el propósito de identificar la presencia de autocorrelación espacial (AE) o dependencia espacial, es decir, se busca medir el grado de asociación de una variable en el territorio en función de sus atributos (cuantitativos o cualitativos) y su posición o localización (Anselin, 1988; Goodchild, 1986; Siabato y Guzmán-Manrique, 2019). Puede identificarse con valores positivos, negativos o con ausencia de algún patrón (aleatorio) (Levine, 2015; Siabato y Guzmán-Manrique, 2019).
Para aceptar o rechazar la presencia de AE pueden utilizarse distintos índices globales que consideran el total de las unidades espaciales de estudio para identificar la forma en que se distribuye la variable de interés (Moreno y Vayá, 2002). También, pueden incluirse Índices Locales de Asociación Espacial LISA para conocer cuánto contribuye cada unidad espacial al índice global.
Esta investigación utilizó el Índice Local de Moran que identifica agrupamiento o clústeres espaciales en relación con valores similares y atípicos, calculando puntuaciones z, una probabilidad (p) y los resultados se clasifican en: a) unidades espaciales con altos valores rodeados de otras con valores altos (alto-alto); b) unidades con bajos valores rodeadas de otras con bajos valores; o c) alguna combinación de las anteriores (Anselin, 1995; Goodchild, 1986). Los valores varían entre -1 (correlación perfecta negativa) hasta 1 (correlación perfecta positiva) o, en su caso, 0 (ausencia de AE) (Anselin, 1995).
La AE se interpreta desde la primera ley de la geografía de Tobler (1970), en donde todo está relacionado con lo demás, pero las cosas cercanas tienden a estar más que las distantes. En tal sentido, una parte importante para su identificación es establecer los criterios de proximidad o lejanía. Si bien existen distintas formas para definirlo, para los fines de este trabajo, se eligió el de la dama (Queen) para definir la contigüidad o la vecindad, en donde cualquier vértice o arista compartido por las unidades espaciales sin importar el sentido (horizontal, vertical o diagonal) es considerado como lo cercano (Anselin, 1988).
Para los objetivos de la investigación, resulta de interés identificar especialmente las regiones en donde se concentran mayores niveles de vivienda deshabitada y las características de urbanismo cerrado, por eso se recurrió al Índice Local de Moran en dos aspectos: a) univariable: permite conocer cuál es la dinámica espacial de cada una de las variables de forma independiente en las unidades espaciales; b) bivariado: mide el grado en que el valor de una variable dada su ubicación geográfica se correlaciona con sus vecinos en función de otra variable diferente (Anselin, 2023).
El cálculo de índice de Moran univariado y bivariado se realizó en el Software de acceso abierto Geoda y la cartografía se obtuvo del Marco Geoestadístico de INEGI 2020. Para el caso de la variable vivienda deshabitada, se recuperó el número absoluto por AGEB del Inventario Nacional de Viviendas 2020 (INEGI, 2020a). Si bien, para este año, Tecámac se integra por 132 AGEB, solo se consideraron 115, debido que el resto no dispone con la información requerida para estimar el índice. La estadística descriptiva de ambas variables se muestra en la tabla 2.
| Variable | N | Mínimo | Máximo | Mediana | Desv. estándar |
| Vivienda deshabitada | 115 | 3 | 1568 | 112 | 346.33 |
| Índice de Urbanismo Cerrado | -1.77 | 5.31 | -0.383 | 1.41 |
La relación geográfica entre estas variables es importante porque permite aportar nuevos elementos en la comprensión del fenómeno de la vivienda deshabitada que no ha sido explorada, como el caso de las urbanizaciones cerradas, un elemento característico de las ciudades fragmentadas. Estudiar ambos fenómenos de manera conjunta genera nuevas hipótesis de trabajo para comprender por qué suele concentrarse este tipo de viviendas en lugares cerrados frente aquellos abiertos (en donde existe vasta literatura). A diferencia de las técnicas tradicionales, la correlación espacial permite comprender la asociación entre ambas variables, pero sin excluir la ubicación geográfica.
Resultados
Área de estudio
El municipio de Tecámac pertenece al Estado de México, es parte de la actual Zona Metropolitana del Valle de México y tiene cercanía con el nuevo Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), lo que ha generado una presión inmobiliaria importante sobre su territorio debido a las distintas dinámicas económicas de la región y a las vías de comunicación que le interconectan con otras ciudades. Limita al norte con Tizayuca, Hidalgo; al sur con Ecatepec y Coacalco; al oeste con Zumpango, Nextlalpan, Tonatitlán y al este con Temascalapa y Teotihuacan, Estado de México (figura 1). Tiene una superficie de 156.9 km2, una población de 547 mil 504 habitantes distribuida en 48 localidades (INEGI, 2020c).
En 2008, Tecámac —junto con los municipios de Almoloya de Juárez, Atlacomulco, Huehuetoca, Jilotepec y Zumpango— fue considerado en el proyecto de Ciudades Bicentenario, cuyo objetivo era orientar el crecimiento urbano del Estado de México hacia regiones con condiciones para su desarrollo y cuyas características naturales permitieran el fácil equipamiento de infraestructura y servicios (Gaceta del Gobierno. Periódico oficial del Gobierno del Estado Libre y Soberano de México, 2008).
Debido a su alta disponibilidad de reserva territorial de suelo agrícola para ser transformado a urbano, el sector inmobiliario se benefició para incrementar la oferta de vivienda en estos municipios de la Zona Metropolitana del Valle de México, generando grandes problemas relacionados con la habitabilidad (carencia de equipamiento urbano) y acceso a recursos hídricos, entre otros (Ibarra García, 2017; Espinosa-Castillo, 2014).
Tecámac se caracteriza por ser uno de los nueve municipios con mayor cantidad de vivienda deshabitada (tabla 3), problema que fue identificado en la planeación del Programa Territorial Operativo de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu, 2020) y cuya estrategia se centra en su recuperación[3]. A pesar de ello, no se identifica un diagnóstico espacial, tampoco se consideran otras características del entorno urbano, como el del urbanismo cerrado, que pudiera indicar la presencia de la vivienda deshabitada en otro tipo de lugares con mejores características urbanas y en donde difícilmente la estrategia tendría los efectos esperados.
| Municipio | Viviendas al 2010 | Viviendas al 2020 | Viviendas deshabitadas 2010 | Viviendas deshabitadas 2020 |
| Zumpango | 73 918 | 134 604 | 29 345 | 47 958 |
| Ecatepec de Morelos | 473 753 | 502 760 | 41 286 | 40 478 |
| Toluca | 238 021 | 286 884 | 28 693 | 36 616 |
| Tecámac | 152 715 | 207 276 | 39 028 | 32 935 |
| Huehuetoca | 52 841 | 84 563 | 23 612 | 31 351 |
| Chalco | 99 541 | 137 212 | 20 297 | 23 826 |
| Ixtapaluca | 156 883 | 176 232 | 29 040 | 22 545 |
| Chimalhuacán | 162 705 | 198 894 | 12 329 | 15 416 |
| Nezahualcóyotl | 303 248 | 318 821 | 14 039 | 14 971 |
La información muestra que, aun cuando incrementó el número de viviendas totales entre 2010 y 2020 (54 mil 561 más), la vivienda deshabitada solo mostró una disminución marginal (6 mil 093) haciendo de este municipio el cuarto con mayor cantidad en términos absolutos. Esto puede ser muestra de que existen factores entorno urbano no explorados que contribuyen en la persistencia de este tipo de viviendas, las cuales no necesariamente se explican por la construcción de nuevas zonas habitacionales o de aquellas en condiciones de carencia de servicios públicos, en donde los esfuerzos para reducir su presencia mediante políticas gubernamentales pueden no obtener los resultados esperados.
Dinámicas espaciales de la vivienda deshabitada y el índice de Urbanismo Cerrado
La persistencia de la presencia de la vivienda deshabitada en ciudades del centro del país es una problemática a la cual no se le ha dado continuidad en los estudios urbanos después de la primera década del siglo XXI, esto a pesar de que entidades federativas, como el Estado de México, albergan el mayor número de ellas en términos absolutos. Tampoco se ha documentado con técnicas de análisis espacial si estas presentan autocorrelación espacial o tienden a distribuirse aleatoriamente en el espacio.
Desde esta perspectiva, el valor del índice global de Moran fue de 0.399, positivo y significativo al 0.001. Esto valida la presencia de autocorrelación espacial, es decir, la presencia de aglomeraciones de la vivienda deshabitada en Tecámac[4], tanto para bajos como altos valores.
En la figura 2 se observa el resultado del Análisis Exploratorio de Datos Espaciales mediante el Índice Local de Moran. En color rojo se encuentran 9 AGEB con altas concentraciones de vivienda deshabitada rodeada de otras con altos valores; en su mayoría (8), se ubican al sur del municipio, en los límites de Ecatepec de Morelos, por ende, con mayor cercanía a la capital del país; además, todas ellas pertenecen a la localidad de Ojo de Agua. Este clúster o aglomeración muestra que la mayor cantidad de viviendas deshabitadas en Tecámac se encuentran lejanas de su centro tradicional (presidencia municipal), localizadas en la parte sur en los límites con el municipio de Ecatepec de Morelos.
En el caso de las AGEB con menor cantidad de viviendas deshabitadas rodeadas de otras con el mismo valor (bajo-bajo) puede observarse que cinco de ellas conforman este clúster en color azul. Tres de ellas se encuentran ubicadas en la zona sur y pertenecen a la localidad de Ojo de Agua, mientras que el resto está en el norte, en los límites de Zumpango y pertenecen a la localidad Los Reyes Acozac. Estos resultados se relacionan con las características espaciales de trabajos previos realizados en otras ciudades en donde los menores valores tienden a concentrarse en la periferia (Reyes, 2020; Fuentes Flores, 2016; Salgado Calderón, 2014) sin embargo, para el caso de Tecámac la ubicación geográfica refiere a dos lugares alejados del centro del municipio con características diferenciadas.
También pueden destacarse 6 AGEB que integran el bloque bajo-alto (color azul claro), que refiere la diversidad en que puede presentarse la vivienda deshabitada, en donde zonas con altos niveles de este tipo de vivienda pueden tener vecindad o cercanía con otras, caracterizadas por mantener altos niveles de habitabilidad.
Si bien, la parte exploratoria resultó significativa para la AE, algunas características del entorno pueden propiciar el incremento de viviendas deshabitas. La evidencia de los estudios previos puntualizaba que las regiones situadas en zonas periurbanas, con mayores niveles de carencia en equipamiento urbano pueden potenciar mayor propensión para que los propietarios decidan no ocuparla para satisfacer su necesidad de techo, lo cual también puede ocasionar que fueran ocupadas para tiraderos clandestinos y potenciar delitos (Fuentes Flores, 2016). Sin embargo, la evidencia no permite diferenciar si esta tendencia ocurre de la misma manera en zonas de acceso abierto, sin restricción en calles o avenidas para personas ajenas a la zona habitacional o si esto puede disminuir en la medida de que identifican características de urbanismo cerrado como se plantea desde la perspectiva de la ciudad fragmentada.
El Índice Local de Moral —para el Índice de Urbanismo Cerrado que se propone en este trabajo como una manera de comprender las características del entorno urbano— obtuvo un valor positivo de 0.459 y es significativo al 0.001, lo que indica la formación de regiones en donde existe una propensión para que las personas ocupen estrategias que restrinjan el paso para peatones, vehículos, con presencia de una amplia cobertura de alumbrado público, recubrimiento en la mayoría de sus calles, incluso, mejores condiciones de espacios destinados para áreas verdes al presentar presencia de plantas de ornato.
Esto puede indicar la importancia para un sector de la población para adquirir o tener una vivienda en lugares cuyas condiciones propician una sensación de seguridad, reafirmando una configuración distinta de las zonas periféricas, en donde se ha privilegiado la habitabilidad a través del urbanismo cerrado cercanas a autopistas, beneficiando a quienes pueden acceder a un tipo de movilidad distinta al transporte público (ONU-Habitat e INFONAVIT, 2018). Fomentando así, la fragmentación no solo desde la perspectiva de la ubicación en donde se construye, sino también en problemáticas generadas por un tejido urbano sin interconexión, acentuando la desigualdad porque las localidades rurales o de clases bajas con cierta contigüidad geográfica no se beneficiarán de los servicios públicos y desarrollo económico de estos asentamientos urbanos (ONU-Habitat, 2012; Segura, 2015; Janoschka y Glasze, 2003).
Con una tendencia similar a los clústeres de la vivienda deshabitada, los valores más altos del Índice de Urbanismo Cerrado se localizan al sur del Tecámac. La figura 3 representa el LISA de Moran para esta variable. En color rojo se visualizan 19 AGEB que conforman el grupo alto-alto, ubicado en la zona limítrofe con el municipio de Ecatepec y todas pertenecen a la localidad de Ojo de Agua.
Como se ha reiterado, a pesar de encontrarse alejado del centro del municipio, el clúster alude a una forma de habitar, en donde se prefiere la autoexclusión y se privilegia un estilo de vida relacionado con la urbanización cerrada. Sin embargo, no puede afirmarse que esta característica se comparte en este territorio de forma homogénea debido a la presencia del clúster bajo-alto (azul claro) en dos AGEB, lo cual puede aludir a esa contigüidad asociada con los lugares en donde se han ubicado las clases medias o medias altas para habitar en regiones o zonas en donde décadas anteriores prevalecían características rurales y en donde se establecieron clases populares[5] (Janoschka, 2002). Bajo este supuesto, las barreras físicas en los lugares en donde se habita permiten diferenciar entre las poblaciones que migran en búsqueda de una vivienda y las poblaciones originarias.
El clúster bajo-bajo (color azul) se conforma por 11 AGEB y se caracteriza porque tiende a distribuirse tanto en la zona norte como en la sur del municipio. El urbanismo cerrado como forma de habitar muestra las variaciones esperadas en este clúster porque muestra las distintas maneras de vivir la ciudad. Si bien, los lugares abiertos no son exclusivos de las clases populares, esto evidencia la posible desconexión de funciones desde un microespacio entre las poblaciones, agudizando las desigualdades en la forma en que se accede a los beneficios de la ciudad. Aun cuando la información solo considera un periodo de tiempo, se observa en el clúster alto-bajo que la forma de habitar en lugares con características de urbanismo cerrado no es exclusiva de la zona sur y comienza a tener presencia en la zona norte, cercano al clúster bajo-bajo.
Se ha mostrado que tanto la vivienda deshabitada como el Índice de Urbanización Cerrada tienden a presentar AE y forman clústeres, pero ¿hasta qué punto concurren en la geografía de Tecámac? El resultado del Índice Local de Moran Bivariado entre las variables de vivienda deshabitada y el índice de urbanismo cerrado obtuvo un valor 0.324, positivo y significativo al 0.001. Esto ofrece elementos para describir los clústeres de la vivienda deshabitada y parte de las características urbanas en donde se encuentran ubicadas.
La regionalización del Índice Local de Moran bivariado se muestra en la figura 4. El clúster alto-alto (color rojo) se conforma por 12 AGEB y se localiza al sur del municipio. Es una microrregión que presenta altos niveles de vivienda deshabitada y sus vecinos un elevado Índice de Urbanismo Cerrado. En caso contrario, en la clasificación bajo-bajo (color azul) se presentan AGEB con poca presencia de vivienda deshabitada rodeada zonas con bajos niveles del Índice de Urbanismo Cerrado.
Es trascendente mencionar que, en la zona con el clúster alto-alto, se muestra la presencia de dos vías de comunicación importantes que comunican con la capital del país (circuito Bicentenario y Carretera México-Tizayuca), además de tener mayor cercanía con el municipio de Ecatepec, lo cual puede sugerir que la relación —económica y social— se dé más hacia esta parte geográfica y no en el centro tradicional. Estas características aunadas a la presencia del urbanismo cerrado permiten comprender que la fragmentación en donde se encuentra la vivienda deshabitada no solo ocurre en los lugares considerados abiertos —sin restricciones o muros—, como se ha reiterado en otras investigaciones (Contreras Saldaña, 2021; Monkkonen, 2015; BBVA Research, 2011; Sánchez y Salazar, 2011).
Con los resultados, se muestra la necesidad de incluir en los diagnósticos del estudio de la vivienda deshabitada otras características como el urbanismo cerrado, el cual pudiera potenciar su incremento o su persistencia debido a los incentivos ofrecidos para los compradores de viviendas, quienes preferirían adquirir una en zonas autopercibidas como seguras y con mayor grado de exclusividad, dando certidumbre en la inversión de un inmueble.
Conclusiones
El estudio de la vivienda deshabitada y el urbanismo cerrado en Tecámac durante 2020 muestra una tendencia para presentar autocorrelación espacial (AE). Es decir, los resultados del índice Local de Moran confirman que ambas variables tienden a concentrarse en el espacio, formando clústeres o regiones con altos y bajos valores no aleatorios, validando el supuesto de investigación.
Con los resultados del Índice Local de Moran bivariado, pudo constatarse que estos fenómenos concurren en el espacio de forma simultánea. Así, una parte de las AGEBs con alta concentración de vivienda deshabitada en el entorno urbano tiende a presentar características de exclusión y diferenciación social (urbanismo cerrado) en un lugar determinado.
La relación cobra relevancia porque ofrece otros elementos que pudieran incidir en el incremento o persistencia de la vivienda deshabitada en los municipios del centro de México, como el caso de Tecámac, lugar que ha tenido transformaciones urbanas producto de políticas gubernamentales para ofrecer vivienda a las personas provenientes de la capital, construidas principalmente en sus zonas periféricas. Esto ha generado la elaboración de diagnósticos en donde se asuma que una parte de estas viviendas se encuentran en lugares lejanos del centro tradicional y con una propensión a mostrar características de precariedad. Sin embargo, la información muestra distintos tipos de periferia, lugares heterogéneos en donde las condiciones de vida pudieran no estar relacionadas con la carencia en servicios públicos para la habitabilidad, sino en zonas en donde se ha configurado y privilegiado el urbanismo cerrado, con exclusión en el goce de los espacios comunes y que reafirman la diferenciación social.
Esta perspectiva de estudio no ha sido explorada como causa del incremento de viviendas sin habitar, tanto desde una dimensión social —las tensiones entre los distintos grupos sociales por el acceso a los beneficios de la ciudad o al derecho a la vivienda (como espacial) la forma en que construye y se expande la ciudad, así como las distintas maneras de urbanismo cerrado en donde se alberga un mayor número de este tipo de viviendas— en municipios del centro de México, como el caso de Tecámac.
El estudio de la vivienda deshabitada desde la perspectiva del urbanismo cerrado adquiere sentido ante los cambios urbanos recientes asociados con la inversión en proyectos por parte del gobierno federal, como el AIFA, el tren ligero México-Pachuca, así como las viviendas del bienestar, en donde las transformaciones del territorio pueden incrementar modos de habitar poco solidarios y la tendencia para adquirir vivienda como medio de inversión por parte de ciertos sectores socioeconómicos.
Esto tiene como implicación que las políticas deban considerar otras características urbanas para reducir la propensión del incremento o permanencia de la vivienda deshabitada entre las ciudades. Sin embargo, también deben explorarse las consecuencias de reproducir formas de habitar, como el urbanismo cerrado, que profundiza las problemáticas de fragmentación y segregación.
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Notas
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redalyc-journal-id: 401