Artículos de investigación
Marco epistemológico para abordar conflictos sociales en torno de los incendios en el Delta del río Paraná (año 2020)[1]
Epistemological framework to address social conflicts around fires in the Paraná River Delta (year 2020)
Marco epistemológico para abordar conflictos sociales en torno de los incendios en el Delta del río Paraná (año 2020)[1]
Quivera. Revista de Estudios Territoriales, vol. 25, núm. 1, pp. 121-140, 2023
Universidad Autónoma del Estado de México
Recepción: 05 Enero 2022
Aprobación: 03 Agosto 2022
Resumen: Este trabajo propone erigir una base epistemológica para el desarrollo del análisis antropológico discursivo de las representaciones en el territorio de Delta del Río Paraná a partir de la presencia del fuego en las islas durante 2020. La antropología y el análisis del discurso se consideran disciplinas que aúnan las propuestas teóricas de interés. Los aportes del “antropólogo de las ciencias” Bruno Latour (1986, 2001, 2007) sobre los modos de socialización de la naturaleza y el cuestionamiento de las ontologías modernas, así como los de Philippe Descola (2012) y de Erik Swyngedouw (2011) en torno a la condición post política que trastoca los modos actuales de gestionar la naturaleza, constituyen un aporte significativo en la interpretación que se realiza de los aspectos socioambientales que emergieron en la Ciudad de Rosario, Argentina, en 2020 y 2021. La investigación hace énfasis en dos dimensiones fundamentales: la sociedad “ahí abajo” y la naturaleza “ahí afuera” definidas con relación al “acuerdo moderno” (Latour, 2001). Si bien estas entidades operan en la configuración del fenómeno al exhibir la interrogante de los modelos de desarrollo vigentes en la región, es decir, exponen un conflicto de usos y representaciones del ambiente, ¿qué implicaciones tiene la distribución moderna del mundo en la configuración del fenómeno en cuestión? y ¿qué aportes son posibles para la ponderación de una disputa legítima y pluralista de los fenómenos socioambientales?
Palabras clave: conflictos socioambientales, antropología, incendios forestales, análisis del discurso, ontología moderna.
Abstract: This paper proposes to establish an epistemological basis for the discursive anthropological analysis of the representations in the territory of the Paraná River Delta. Taking the presence of fire on the islands during 2020. Anthropology and discourse analysis are considered disciplines that combine the theoretical proposals of interest. The contributions of the "anthropologist of sciences" Bruno Latour (1986, 2001, 2007) on the modes of socialization of nature and the questioning of modern ontologies, as well as those of Philippe Descola (2012) and Erik Swyngedouw ( 2011) around the post-political condition that disrupts the current ways of managing nature, constitute a significant contribution in the interpretation that is made of the socio-environmental aspects that emerged in the City of Rosario, Argentina, in 2020 and 2021. The research emphasizes two fundamental dimensions: society “down there” and nature “out there” defined in relation to the “modern settlement” (Latour, 2001). Although these entities operate in the configuration of the phenomenon by displaying the question of current development models in the region. They expose a conflict of uses and representations of the environment, what implications does the modern distribution of the world have in the configuration of the environment? phenomenon in question? And what contributions are possible for weighting a legitimate and pluralistic dispute of socio-environmental phenomena?
Keywords: socio-environmental conflicts, anthropology, forest fires, discourse analysis, modern ontology.
Introducción
Situación problemática, tema y objetivo de investigación: el fuego en las islas del Delta paranaense como conflicto territorial
El objeto que se presenta ante el sujeto, y el sujeto que encara el objeto, son entidades polémicas, no inocentes y metafísicos pobladores del mundo (Latour, 2001: 353).
En el presente artículo se trabaja desde un enfoque interpretativo y relacional para revincular las entidades ontológicas que han sido separadas y que, junto al desarrollo de la ciencia moderna, han dificultado la revisión crítica de algunos preceptos sedimentados en su desarrollo, por ejemplo: la separación sujeto-objeto y la naturaleza-sociedad, lo cual es traducido a veces en un realismo vs. constructivismo social. De este modo, se despolitiza una disputa de sentidos redefinidos en el marco de una “cosmopolítica” (Stengers, 1996 en Latour, 2001) acerca de los usos e imaginarios sobre el territorio de islas en el Delta del Río Paraná.
La “cosmopolitita” se entiende como el reconocimiento y legitimidad de las tensiones y disputas sociales entabladas en el ordenamiento y significación del mundo o mundos socio naturales en un momento y época particulares. En ese caso, varios autores caracterizan el presente como “crisis civilizatoria” (Svampa, 2019a; Merlinsky, 2013; Leff, 2004); también se ha abocado a definir el problema desde conceptualizaciones geo-filosóficas que proponen delimitar la confluencia de la acción humana y la geofísica planetaria: “Antropoceno”, “hiperobjetos” y “cambio climático” (Svampa, 2019a; Latour, 2001; Morton, 2018). En tales perspectivas se orienta la interpretación de este trabajo al enlazar sujeto y objeto con la relación naturaleza y humanidad, no al modo de partes autodefinibles, sino transcribiéndolas en un colectivo, o sea, en un complejo continuo de asociaciones.
De acuerdo con el problema en cuestión, en un contexto de transformación de usos y representaciones en la cosmografía del Delta paranaese en las últimas décadas, se despliega un empuje de la ganadería hacia ambientes marginales o periféricos como las islas ribereñas del Delta, lo cual trae aparejados grandes cambios en la estructura socio productiva del ecosistema (Vizia et al., 2010; Svampa, 2019b); ello fue producto de una agriculturización continental[2] y de su contraparte, la “pampeanización del Delta”, como expuso Galafassi (2001) en su tesis para el Doctorado en Antropología de la Facultad de Filosofía y Letras, proceso identificado a partir de la década de los años 90.
El neoextractivismo también sugiere una relación estrecha entre la expansión del modelo de desarrollo vigente en la región y la incorporación de territorios alternativos para la extracción de bienes (commodities): “El neoextractivismo contemporáneo puede ser caracterizado como un modelo de desarrollo basado en la sobre explotación de bienes naturales, cada vez más escasos, en gran parte no renovables, así como en la expansión de las fronteras de explotación hacia territorios antes considerados como improductivos desde el punto de vista del capital” (Svampa, 2019b:21).
Desde la creación del puente “Nuestra Señora del Rosario”, que une la localidad de Victoria con la Ciudad de Rosario (2003), así como por la especulación inmobiliaria, la posibilidad de invertir capital para explotar productivamente las islas, el bajo precio de la tierra insular por su carácter inundable, su cercanía a centros de comercialización y consumo y una serie de motivos que Prol y Arach (2015) sintetizan, se desarrolla un proceso de fuerte transformación socio natural y de irrupción de nuevas lógicas de vinculación del ser humano con el ambiente.
También empieza a desplegarse una nueva percepción del fuego en las islas,[3] en principio, como un insumo de la ganadería que será problematizado rápidamente. En relación con el proceso de transformación socio productiva y la irrupción de nuevos actores y lógicas como la ganadería a gran escala sobre el territorio isleño los autores comentan lo siguiente: “Esto fue realizado “de facto” por quienes se consideraron los nuevos dueños del espacio, pero a menudo también fueron respaldados por la fuerza pública, en un proceso de criminalización de la población ubicada en los frentes de expansión ganadera, así como de deslegitimación de su derecho al territorio” (Prol y Arach, 2015: 8).
En ese marco, tras los grandes incendios del 2008, la presencia del fuego fue cuestionada por distintas esferas sociales (local, mediática, política) que, en condiciones climáticas similares a las del 2020, irrumpieron con fuerza en los imaginarios sobre las islas y sobre las políticas socioambientales desplegadas en ellas abriendo la posibilidad de rediscutir sus horizontes socio productivos, sus capacidades ecológicas, su prestación de servicios ecosistémicos, etcétera: “Sólo después de los grandes incendios de 2008, con la creación del programa intergubernamental PIECAS-DP,[4] el desarrollo ganadero empezó a ser materia de regulación ambiental” (Prol y Arach, 2015: 11).
El fuego, en el 2020, en gran parte asociado a la ganadería como práctica que orienta un determinado manejo de pastizales en el ecosistema de islas frente a la Ciudad de Rosario, emerge como acontecimiento socio natural disruptivo en una coyuntura de sequía y de bajante extraordinaria del río afectando tanto a la percepción y uso local del territorio, como estimulando a una masa enunciativa de discursos mediáticos y sociales que cuestionaron tales eventos como una consecuencia directa del pronunciamiento de los modelos de desarrollo agro-industriales y neoextractivistas en la región.
Se propone que a través del análisis de prácticas y discursos sociales en torno del ecosistema de islas se lograrán identificar conceptualizaciones acerca del territorio y de la relación humano-ambiente que se despliegan en la reproducción de la vida social, para lo cual se tomará como punto de clivaje la presencia del fuego en las islas a lo largo del 2020. Para ello se analizará el concepto de naturaleza tomando como primera dificultad la separación naturaleza/sociedad y más adelante se identificarán algunos “acuerdos” modernos acerca de estas entidades. Más adelante se abordará la socialización del fuego en torno a la problemática y transversalmente se construirá una argumentación en favor de una repolitización de las disputas por la naturaleza (o “el territorio” para más precisión y para abonar en una reformulación del problema) y de la proyección de una visión de conjunto de las partes que configuran el fenómeno.
Metodología
El andamiaje metodológico del artículo se basa en la interpretación antropológico-discursiva de posicionamientos y pronunciamientos sociales configurados a partir de los incendios en las islas frente a la Ciudad de Rosario, Argentina, durante 2020. El andamiaje teórico metodológico es mixto, necesariamente híbrido y tiene como antecedentes teóricos fundamentales a la mirada antropológica, social y crítica sobre conflictos socio-territoriales en Latinoamérica (Merlinsky, 2013; Svampa, 2019ay b; Leff, 2003, 2004; Escobar, 1999).
Desde ese enfoque, la relación del ser humano con la naturaleza es puesta en foco a partir de una crítica del concepto de naturaleza como significante vacío y como escisión ontológica forjada en la modernidad (Latour, 2001, 2007; Descola, 2012, Swyngedouw, 2011). Esta óptica también se vale de aportes de la antropología de la conservación versada en desentrañar las implicancias sociales de las áreas naturales protegidas y los diversos modos de gestión y reapropiación de la naturaleza en las sociedades actuales (Beltran y Santamarina, 2016; Vaccaro, Paquet y Beltran Costa, 2012; Swyngedouw, 2011) y de abordajes antropológicos sobre este territorio en particular (Prol y Arach, 2015; Malvárez, Boivin y Rosato, 1999; Galafassi, 2001; Vizia et al., 2010).
Por otro lado, se entiende que un conflicto territorial expresa una disputa entre distintas racionalidades y visiones colectivas del ambiente y se presenta en forma de discurso social. Por eso, el andamiaje metodológico muestra interés en identificar y analizar escenas enunciativas, sus enunciadores, los géneros discursivos implicados, los destinatarios y sus “ethos”, las formas del “discurso polémico” y otros aportes del análisis del discurso (Maingueneau, 2004; Amossy, 2016y 2018).
En definitiva, interesa indagar en los modos de funcionamiento de la semiosis social (Verón, 1998) en torno de este conflicto en particular; por tal razón se retoman para su análisis diversas postulaciones acerca de la relación entre “concepciones de mundo y lenguaje” (Amossy, 2016; Verón, 1987, 1998; Voloshinov, 2009, Maingueneau, 2004). De este modo, el enfoque teórico metodológico propuesto busca posicionarse desde la epistemología de Bruno Latour y una antropología de la relación humano ambiental, que se irá desandando a lo largo del trabajo, hasta la inserción del debate dentro de la órbita de lo político y el discurso social (Verón, 1987; Rancière, 2000; Swyngedouw, 2011).
Se considera que “todo acto de lenguaje tiene una doble dimensión, de transformación del mundo y de interacción, uno a través del otro” (Charaudeau, 2005: 12), lo cual hace de la problemática una materia de la ecología política que se expresa en prácticas discursivas concretas que hablan el mundo: “un acto de lenguaje […] depende de una intencionalidad, la de los sujetos que hablan, participantes de un intercambio […] de la identidad de éstos resulta de una intención de influencias, es portador de un discurso sobre el mundo. Además, se realiza en un espacio y un tiempo que determinan lo que comúnmente se denomina ‘situación’” (Charaudeau, 1995: 16).
Esta praxis discursiva expresa visiones colectivas del problema y también diversas soluciones, perspectivas, escenarios posibles y trasfondos históricos; de modo que la vía regia, para la interpretación de los imaginarios en torno del cuestionamiento de los incendios en las islas del Delta se vincula a una ponderación del lenguaje, a un análisis de los modos del decir y de la significación social y colectiva del conflicto socioambiental considerando como destacados los actos de lenguaje en los que se desenvuelve una toma de la palabra pública (redes sociales, discursos mediáticos, volantes, asambleas, banderas, carteles en las movilizaciones), además de entrevistas a referentes de organizaciones territoriales y socioambientales.
En este sentido, el corpus de análisis se construyó en torno al trabajo de campo antropológico, a la observación participante durante las manifestaciones socioambientales acaecidas en la Ciudad de Rosario en 2020 y al desarrollo de entrevistas a informantes claves que participaron de diversas formas en tales movilizaciones sociales. La identificación de fragmentos de discursos socioambientales como escena englobadora (Maingueneau, 2004), ya sean entrevistas o fragmentos del discurso social emanados de las movilizaciones, entendidos como formas del cuestionamiento social a los modelos de desarrollo vigentes en la región, forman parte del corpus textual tomado para los análisis realizados en el artículo.
El corazón vacío de la naturaleza o el paraíso perdido de la modernidad
Uno de los objetivos de Latour hacia sus lectores es brindar todo un repertorio de palabras para enunciar una visión no moderna o a-moderna de los estudios de la ciencia que reúna justamente los dispositivos de las perspectivas dualistas que forja la modernidad y que también inauguran los filósofos griegos haciendo su aporte a la causa (Di Bernardino y Vidal, 2017). “Híbridos”, “proposiciones”, “actantes”, “acontecimiento” y “no-humano” son algunos de los sintagmas fundamentales para comprender el marco interpretativo de Bruno Latour quien se pregunta, en principio, por la realidad en los estudios de la ciencia y por la realidad en general. Uno de los aspectos centrales que llaman la atención es la noción de “referencia circulante”, mediante la cual logra anular la distancia entre el sujeto y el objeto (Latour, 2001); proposición retratada fielmente en la siguiente cita:
Jamás podré verificar la semejanza entre mi mente y el mundo, pero puedo, si acepto pagar el precio, ampliar la cadena de transformaciones allí donde las referencias verificadas circulen a través de una constante sucesión de sustituciones. ¿No es esta filosofía «itinerante» de la ciencia más real y ciertamente más realista, que la antigua solución sedentaria? (Latour, 2001: 97-98)
Latour también señala los procesos de sustitución que, para él, experimenta la referencia circulante en un proceso de investigación: “cada etapa es materia para lo que la sigue y forma para lo que la precede, ambas separadas entre sí por un espacio tan ancho como la distancia que media entre lo que entendemos por palabras y lo que entendemos por cosas” (Latour, 2001: 92).
Resulta una propuesta sin duda vinculada al histórico problema del referente en el signo lingüístico, al relativismo cultural y a la epistemología en general. ¿La ciencia construye realidades? ¿El objeto participa de la obra? ¿Hay un real inasequible más allá del lenguaje? Este tipo de preguntas y un profuso trabajo antropológico sobre la ciencia lo llevan a postular el concepto de referencia circulante, en donde, a través de una cadena de transformaciones y sustituciones de realidades, cada elemento se convierte en agente del acontecimiento científico, conformando “los extraordinarios conglomerados de humanos y no humanos que los científicos tienen que idear para conseguir ser persuasivos” (Latour, 2001: 116). Sobre ello, Di Bernardino y Vidal mencionan:
Hay que simplemente habitar este espacio intermedio donde conviven unos y otros, humanos y no humanos. Entre la trascendencia y la inmanencia, se mueven las potencialidades que habremos de actualizar según fines comunitarios. En esta suerte de encuentro se puede pensar la agencia, esto es, pensar que la realidad ha quedado ahora redefinida en función del conjunto de actores (actantes) que la conforman y las asociaciones que estos actantes establecen. Tanto lo social como lo natural son producto de esas asociaciones generadas por esos actores (Di Bernardino y Vidal, 2017: 168)
Ahora bien, al orientar la atención a una línea de reflexión que se pregunta ¿cuál es “la naturaleza de la naturaleza” entonces? ¿Cómo es que logra convocar tanto malentendidos como diversos puntos de vista sobre su carácter, su definición y sus límites? Se afirma como punto de partida que la naturaleza concebida como un conjunto de leyes impersonales, producto del “acuerdo moderno”, se ha constituido como un ámbito despolitizado,[5] en torno del cual los seres humanos entran en litigios por hegemonizar su núcleo significativamente vacío (Swyngedouw, 2011) y donde la ciencia moderna —que retoma las argumentaciones filosóficas de Sócrates, sistematizadas en los escritos de Platón en adelante, que separaron a la política, al logos y a la razón, del pueblo y las muchedumbres— termina por dificultar el acceso de todas las partes en tensión a una plataforma de disputas de sentido genuina o en un plano de igualdad.
Cabe hacer una ampliación antes de pasar por alto la cuestión del paraíso perdido. La metáfora hace alusión, por un lado, al sentido de “restauración” que acompaña constantemente a las visiones contemplativas y antropocéntricas de la naturaleza como también a aquellas que claman por la conservación del ambiente; discursos que se propone problematizar a lo largo del trabajo de investigación. Asimismo, hace referencia a la propuesta del actor-red de Latour acerca de su postura no moderna en donde los no humanos “silenciados en el laboratorio” acceden a enrolarse en un mundo híbrido; un mundo en donde toman protagonismo como actantes de un colectivo o complejo de elementos mucho más concurrido que sólo por una mente observadora cartesiana.
Es aún más interesante que en estos términos la política “se convierte en gestión, en diplomacia, en el juego de las coaliciones y en la negociación entre los agentes humanos y no humanos” (Latour, 2001: 348-349). El paraíso perdido de la modernidad, con su restauración de lo político, es en Latour (2001), de algún modo, la naturaleza entendida como un significante vacío, cuestión que señala Swyngedouw (2011)[6] ponderando una dimensión política a los fenómenos socioambientales, algo así como una politización del ambiente.
Entonces, en el marco que instaura la modernidad, el estudio y el develamiento (ciencia) de esa naturaleza impersonal, real e inhumana como “las leyes de la geometría”, evitarán que la irrupción de las masas desinformadas y caóticas invadan y quieran tomar su parte en la distribución de lo sensible (sociedad, masas, multitud, pueblo) (Rancière, 2000).
La ciencia queda investida de una razón impersonal, y es encubierto así su carácter de “fenómeno de persuasión colectiva” (Latour, 1986: 2), dimensión de la que da cuenta Latour en el texto citado, y en donde, de modo perspicaz, indica una equivalencia entre la razón y la fuerza fundada en los textos griegos de hace 25 siglos atrás.
Igualmente es importante hacer una breve digresión aquí. La propuesta de ambos teóricos franceses, Jaques Rancière y Bruno Latour, traba algunas similitudes en cuanto a sus análisis de lo político y la distribución de roles en donde ambos señalan que en la fundación de la democracia ya habían sido declarados los rudimentos indeseables del aura popularis como un ámbito (el pueblo o “los diez mil necios” le llama Latour irónicamente) que sólo expresa agrado o rechazo con “voz animal” y que es, al modo del “salvaje” en las Crónicas de Indias, la infancia del hombre. Como vaticina Latour (2001) “Cuando la verdad hace su aparición el ágora se vacía” (268); juzga así la presencia de dos modelos antagónicos.
Ambos autores invocan o resaltan cómo los corpus filosóficos de la Grecia antigua configuran una construcción de la sociedad señalando en ella una suerte de carácter enajenado, sin virtud; un conjunto de seres a los cuales les fue arrebatada la moral al ser separados de los nobles atenienses y de su conocimiento (logos) de la verdad y la razón. Aquí se da un clivaje donde la ciencia encuentra su objeto: la naturaleza impersonal, y lo devela ante una porción de la sociedad arrebatada de su capacidad de litigar en asuntos importantes:
Cuando el Poder irrumpe en escena, como he dicho antes, no lo hace en forma de muchedumbre, sino encarnado en un solo hombre que se opone a las masas. Cuando la verdad sale al escenario, no lo hace como un hombre que se enfrenta a todos los demás, sino transfigurada en una ley natural impersonal y trascendente, convertida en un poder más poderoso que el poder (Latour, 2001: 269).
Los dos autores buscan y encuentran en la fundación de la democracia ateniense un origen sedimentado en las actuales condiciones ontológicas de distribución de lo real, del “reparto de lo sensible” (Ranciére, 2000) o del rechazo moderno a la irrupción de las masas en la ciencia o en la política. En resumen, para ambos, detrás de la escisión entre la Sociedad y la Naturaleza, así con mayúsculas, se esconde “la socrática aversión al pueblo” (Latour, 2001: 295).
La naturaleza, escindida del mundo humano por la modernidad, y su “corazón vacío” sólo son definibles a través de cadenas metonímicas (Swyngedouw, 2011). Ello se ve reflejado al ser o “hablar” en nombre de un virus, un comportamiento, el amor, la competencia, el capitalismo, el ADN, la mujer como el “género temperamental”, y un largo etcétera para dar cuenta, con la apelación inevitable a la metonimia para su determinación, que el núcleo semántico del concepto de naturaleza no es definible o al menos su definición es inestable (Swyngedouw, 2011).
Entre otros mecanismos socio discursivos y cosmovisionales que se desenvuelven en el tratamiento de este significante, la acentuación de unos rasgos semánticos por sobre otros, alrededor del difuso concepto occidental de naturaleza, le confiere un complejo carácter ideológico, o de posicionamientos político-discursivos, que a menudo es desestimado por visiones hegemónicas, confirmándola, más que como un lugar, como un topoi de la arena política (Ferrero, 2018). Algunas visiones ambientalistas, la gestión estatal, el discurso del desarrollo sostenible y las lógicas contemplativas del “espacio natural” (Beltran y Santamarina, 2016), conforman un ideario post-político que, en nombre de la restauración de un “paraíso perdido”, instan a la conservación y a la des antropización de porciones de naturaleza como la única salida racional de la crisis climática.
La retórica del “apocalipsis ecológico”, del riesgo de una venganza de la naturaleza y del “daño irreversible” se acoplan a este imaginario global apelando ambiguamente al discurso científico como el causante de la extracción compulsiva de fuerza y materia por parte del capitalismo (y aún más en las periferias del capital como América Latina) y, al mismo tiempo, como el único legítimo para medir el daño e incluso como su única salvaguarda (desarrollo sostenible); de este modo, se escinde la ciencia de la sociedad; y estas dos, de la naturaleza.
Se trata de un procedimiento mediante el cual proyectamos sobre la Naturaleza –desplazada al plano de lo ‘Otro’– nuestros deseos libidinales y miedos, un deslizamiento del abismo que separa el ‘difícil’ núcleo óntico de lo Real reprimido del mundo simbólico en el cual moramos. Es la clase de fantasía desplegada en las llamadas a la recuperación de una verdadera armonía humana –originaria pero, presumiblemente, perdida en la actualidad– mediante la restauración del equilibrio ecológico del mundo. Aquí, la Naturaleza es invocada como el terreno ‘externo’ que ofrece la promesa, si sabemos atenderla, de encontrar o producir una vida realmente feliz y armoniosa (Swyngedouw, 2011: 43).
La naturaleza idealizada y su mutua reciprocidad con el discurso social
En el tema de estudio se identificaron distintos imaginarios que entran en disputa por los usos y representaciones en torno del ambiente del Delta del río Paraná, que insisten en poner el acento sobre determinados rasgos del significante “naturaleza” en función de argumentar puntos de vista designativos de colectivos de identificación social: “ambientalistas”, “depredadores”, “proteccionistas”, “propietarios”, “extractivistas”, etc. La práctica de quema de pastizales atribuida a la ganadería en islas entra en tensión con imaginarios de la naturaleza como un ambiente prístino, virgen u originario.
Desde esa óptica resulta evidente “considerar simétricamente los esfuerzos por enrolar y controlar los recursos humanos y no humanos” (Latour, 2001: 139) en la construcción de racionalidades contrapuestas. Lo que se propone es reducir o eclipsar la distancia entre una naturaleza socialmente inasequible y una sociedad naturalmente ilusoria vista como un constructo artificial y exclusivamente humano.
Al respecto, las posturas políticas que recrean un imaginario idealizado sobre la naturaleza, estimulado por su confinamiento ontológico o la idea de paisaje con poca intervención humana, entran en una “arena política” (Ferrero, 2018) en pos de dirimir un litigio sobre un tema de interés público movilizando no sólo elementos no humanos, sino también cuerpos semióticos argumentativos (visiones del mundo) que hacen del dualismo ontológico un estandarte de batalla (Vaccaro, Paquet y Beltran Costa, 2012; Beltran y Santamarina, 2016; Amossy, 2016; Descola, 2012).
A modo de hipótesis se piensa que en los discursos recopilados para la investigación, en la configuración mediática y social de un nosotros/ellos (lógicas conservacionistas/“ganaderos”, “depredadores”, “especuladores”) se desenvuelve la polarización de colectivos sociales en la querella de representaciones y usos del ecosistema de islas en función del Delta de Paraná al conferir a la presentación de la naturaleza tanto un carácter polisémico y polémico, como instrumental, tendencioso y “más allá” de lo político.
En estos procesos se puede distinguir un desdibujamiento ontológico. El “allí abajo”, que es la sociedad en el “acuerdo moderno” para Latour (2001), se reconfigura con el “allí afuera” de la naturaleza generando un campo de resignificaciones políticas socio naturales al modo del ensamblado latouriano de redes semánticas; esto no sólo se da involucrando elementos humanos y no humanos en la presentación de los argumentos, sino exponiendo a la entidad del “allí afuera” como un todo ordenado en su carátula o máscara más representativa (Descola, 2012).
La idea es que “la naturaleza de la naturaleza” es precisamente escurridiza: en su seno especular, los humanos depositan los propios temores o fantasías; en la creación del “allí afuera” se configura la carátula que asiste a ser el ágora de disputas semánticas y hegemonías de sentidos cambiantes. Más que una entidad, la naturaleza es un signo ideológico, como dijera Voloshinov es “la intersección de intereses sociales diversos […] un medio refractante y distorsionador de la existencia” (Voloshinov, 2009 [1929]: 51).
Más o menos definida la relación de mutua significación entre naturaleza y sociedad, y las dificultades históricas que escindían tales entidades, se describe ahora uno de los elementos centrales que componen la cosmopolítica que se pretende desentrañar en torno al fuego como proceso disruptivo de las visiones socio ambientales del Delta paranaense.
La socialización del fuego
Puesta en escena del fuego
Habiendo abordado la relación humano-ambiental con los aportes de la teoría del Actor-red (Latour, 2001, 2007), y la perspectiva desde la cual se ve a la naturaleza como significante vacío (Swyngedouw, 2011) se revisan a continuación algunas consideraciones conceptuales sobre uno de los elementos que componen el problema.
La Ciudad de Rosario desde la primera mitad del 2020, mientras experimentaba las medidas del ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) en consonancia al contexto pandémico, fue observadora y participante de la presencia del fuego en las islas al otro lado del gran río que habita en las márgenes de la Ciudad.
La presencia del fuego, sobre todo del humo y las cenizas, en la primera mitad del 2020 empezó a alarmar a la ciudad. La expansión del humo fue probablemente la primera causa indicial (entendido en modo piercieano como fenómeno de contigüidad o contagio) pasible de hacerse eco en la discursividad y en generar agitación. El humo venido de las islas apareció como un atentado dirigido a la población citadina en un clima ya tenso por las medidas de aislamiento social. Tanto un estornudo o un “picaporte” como las cenizas y el humo eran índices de que se había “estado en contacto” con un motor disruptivo adverso de la vida social: el virus o el fuego. Una gran masa enunciativa mediática dio cuenta de esta realidad colectiva apelando a una puesta en escena interdiscursiva pendular entre dos grandes escenas (Maingueneau 2004): la sanitaria y la ecológico-ambiental, la cual dio como resultado un tratamiento del fenómeno del fuego en las islas bajo un matiz apocalíptico y beligerante (con algunas analogías al tratamiento mediático del virus “Covid-19”).
La puesta en escena fue bélica y se eligieron sintagmas como “combate”, “lucha”, “asedio”, “frentes”, “avance”, “retirada” y “enemigos”, tanto hacia el virus como hacia el fuego en las islas. Como consecuencia se coparon las discursividades sociales, mediáticas y de referentes de la esfera política; “combatimos al virus y combatimos al fuego”. El virus y el fuego se erigieron en actantes antagónicos y vitales. Ellos son pasibles de “retirarse”, de “replegarse”, de “irrumpir”, “avanzar” y “retroceder”. Son entidades que hablan, en principio, a través de las personas, y tienen su lugar en la historia de las cosas (Latour, 2001).
El autor de quien se viene realizando en cierto sentido una exégesis para el encuadre epistemológico de la situación problemática, al referirse a una acepción propia de la vocación científica en relación con la disolución de la segregación ontológica de la naturaleza, propone la siguiente visión interaccional de los componentes:
La Ciencia n" 2 aborda el estudio de los no humanos, que al principio son entidades ajenas a la vida social y que luego van siendo poco a poco socializadas, pasando a vivir entre nosotros, a través de los puentes tendidos por los laboratorios, las expediciones, las instituciones y demás, tal como los últimos historiadores de la ciencia han descrito con mucha frecuencia (Latour, 2001: 310).
Por tanto, de ahora en más se vivirá dentro de la red conceptual definida por las atribuciones que tales entidades han empezado a desplegar junto a las personas. El sintagma virus, de ahora en más, tiene otras acepciones; ha ampliado su núcleo conceptual y su galería de imágenes. “Virus”, a partir del 2020, puede ser asociado mediante metonimias a “murciélago”, “papel higiénico”, “Wuhan”, “picaportes”, “alcohol en gel”, “barbijos”, “hisopados”, etc. Es una entidad que está creciendo semánticamente junto a la humanidad y a las concepciones que se tienen de “salud”, “enfermedad”, “contagio”, “cuarentena” y “políticas sanitarias”.
El fuego, en paralelo con la sociedad local, tiene, a partir del 2020, nuevas características y nuevos poderes que antes no le eran adjudicados; por ejemplo, desde tal coyuntura, se puede decir que ahora tiene la capacidad de recrear adversarios (nítidamente humanos) a un lado y otro del río, y un largo corpus mediático puede corroborarlo: “aquellas personas que realizan estas prácticas nocivas” (Diario Aire de Santa Fe, 13 de junio del 2020); “Sólo la lluvia puede detener el avance del fuego provocado por manos anónimas” (La Capital, 24 de agosto del 2020); “Buscarán a los dueños del ganado”, “la trazabilidad del Senasa para conocer el dueño del ganado”, “la identificación de los propietarios”, “Las causas penales han caído sobre empleados, las personas que encienden el foco. Lo importante es no circunscribirlas sólo a ellos” (La Capital, 13 de junio del 2020).[7] El fuego y el virus se han reinscrito en la vida humana, de igual manera la sociedad se ha afiliado a sus mutuales semánticas configurando de modos semióticos y acontecimientales un nuevo complejo de actantes humanos y no humanos.
El fuego como actante. El papel del fuego en la construcción de colectivos de identificación híbridos
Mi pequeño mito del origen revela la imposibilidad de poseer un artefacto que no incluya las relaciones sociales, y revela asimismo la imposibilidad de definir las estructuras sociales sin dar cuenta del amplio papel que los no humanos desempeñan en ellas (Latour, 2001: 254).
El término actante es propuesto por Latour, quien lo toma prestado de la semiótica para ampliar y extender la capacidad de asumir roles hacia los actores humanos y no humanos en virtud de posibilitar la agencia a todos los elementos y entidades participantes de un proceso de investigación o en un proceso sociotécnico. Cobra operatividad para “des cosificar al fuego” en el proceso de investigación y así devolverle, al menos en parte, algo de sus propiedades diacrónicas de su carácter procesual.
La reacción físico-química que se despliega en el tiempo en el fenómeno de combustión ha quedado eclipsada metafóricamente en el tratamiento mediático y social sobre los incendios en el Delta en un instante de destrucción, y en una posterior puesta en escena desfavorable configurada por los medios de comunicación y discursos ambientalistas que vehiculizan una visión particular de la naturaleza. El fuego ha sido “enrolado” en el fenómeno de incendios en las islas y ha ocupado la primera plana de muchos diarios y noticas durante varios meses. Podría decirse que pasó de ser un fenómeno físico-químico observable “allí afuera” a protagonizar un streaming entre la población.
La descripción acerca del intercambio de propiedades entre humanos y no humanos, que se efectúa en la definición de “sociotécnico” por parte de Latour (2001), invita a reflexionar acerca de qué elementos o formas del ámbito de la interacción y del ser social pueden y han sido “intercambiados” hacia el ámbito no humano representado por el fuego, el humo, las quemas o los incendios y viceversa. Es decir, ¿se extiende a ese actante no humano en representaciones, modos y en formas de interacción típicamente sociales? Bajo esa hipótesis se evidenciaría un desdibujamiento de la frontera entre una esfera netamente social y la factualidad de la naturaleza-objeto.
Se podría decir que sobre el fuego se depositó y se cristalizó una imagen estática al modo goffmaniano; o sea, se convirtió en un “estereotipo” fijando un contenido al sentido semántico siempre abierto capaz de indicar el referente. La escenificación bélica, el tratamiento dentro del género de la crónica policial y la cadencia apocalíptica señalan, en torno al fuego, un campo significante confiriéndole a este actante el rol de adversario del mundo de creencias presupuestas (Verón, 1987). El “ellos” que señala a los que “prenden fuego” designa a los elementos sociales antagónicos desplegados en el discurso mediático, pero la cosificación del fuego inviste un antagonismo igualmente expulsivo del actante, que resulta problemático en lo que la gestión de un conflicto socioambiental demanda.
El fuego y aquellos que lo inician son enunciados como ajenos a las islas, lo cual denota una lógica extensiva a ambas partes del fenómeno. Esto es visible tanto en la cartelera de las manifestaciones como en la puesta en escena de gran parte de los medios de comunicación. Considerar a este actante como un elemento extraño, invasor, depredatorio o erradicable del ecosistema (con la concomitante recreación del “ellos” y de los adversarios específicamente humanos) resulta en un doble juego que dificulta considerarlo como un elemento legítimo para el planteo del conflicto. Al tiempo en que el fuego es narrado como un “momento de destrucción”, es socializado como un agente que devasta la “naturaleza”, forjando así una visión antropocentrista del fuego donde pareciera no pertenecer al “allí afuera” referido a la naturaleza.
El fuego como actante, si bien es colectivizado, lo es en tanto es erigido como adversario, junto al “ellos” (figura 3), del ambiente y de la “naturaleza”. Al mismo tiempo, es pausado como fotografía del apocalipsis[8] en las figuras 1 y 2. En la figura 2 es agente de la catástrofe en tiempo presente. Lo anterior es evidente si se consideran el paratexto y el texto donde el fenómeno se caracteriza como local dando lugar a una visión peyorativa de corto plazo. En cambio, en la figura 4 los humanos se comportan como el fuego o pueden hacerlo, “(los humanos) harán arder las redes”.
De esta forma se señala un intercambio de propiedades entre el agente humano que se debate en las redes y la acción del fuego que “hace arder”.[9] La acción verbal es metafórica y alude a una acción en busca de dar visibilidad al problema en un territorio virtual. En el “sus” (ellos) y el “hagamos” (nosotros) se recrea la polarización de componentes sociales, característica del discurso polémico (Amossy, 2016), cuya frontera es representada por el fuego con la acción de “arder”.
Se puede decir entonces que, al igual que Latour se considera un legítimo “heredero de los microbios de Pasteur, descendientes de ese acontecimiento” (Latour, 2001: 201), se podrá reconocer a las personas como herederas del complejo proceso experiencial que se constituyó bajo la nómina de “Fuego en las islas”, y al mismo tiempo como descendientes de los hechos, representaciones, fracturas y soldaduras socio ecosistémicas, así como de cenizas y humos que se generaron en torno de la presencia del fuego en las islas del Delta paranaense. Todo ello pasa a ser así un acontecimiento socio natural y un hiperobjeto (Morton, 2018) en tanto fenómeno viscoso, atemporal y de difícil desenmascaramiento.
Hay un tránsito de percibir un fuego inhumano y natural a vincularnos con un fuego socializado producto del hecho y de la creencia al modo de un “factiche” (Latour, 2001). Un fuego que, por ejemplo, se ubicó entre nosotros y ellos o un fuego que es representado por un pixel. ¿Cuántas transformaciones y sustituciones habrá experimentado este no humano hasta llegar a ser un punto rojo sobre un mapa circulando por redes sociales y medio digitales?, y ¿la ciencia qué rol ocupa en este escenario? es decir, ¿para qué es solicitado el discurso científico en los diferentes posicionamientos?
En el “acuerdo moderno”, la ciencia (N°1) se presenta como ese equipaje instrumental mediante el cual el sujeto logra acercarse al objeto sin el ruido generado por la sociedad confusa y caótica. En este caso se ha estado intentando descartar esa visión para observar en la situación problemática cómo se ponen a jugar distintas proposiciones de unos agentes y otros configurando un entramado socio natural un poco más complejo que la clasificación moderna estamental de órdenes excluyentes, sí, pero menos esencialista en donde cada elemento cobra sentido en un conjunto interaccional.
Llama la atención la apelación a imágenes satelitales que señalan los focos de incendio utilizadas por el discurso mediático en redes sociales (figuras 5 y 6) para mostrar el conteo de las hectáreas quemadas, las mediciones de la calidad del aire (figura 7) y demás solicitaciones al discurso científico en función de la presentación del acontecimiento. Esto señala una proposición del discurso científico, con sus científicos, teorías de fondo, sus mediciones, los satélites, las computadoras, la sistematización de datos, etc.
Que resulta apropiada como un resultado de facto cristalizado en la circulación discursiva en redes sociales y medios digitales, lo cual da cuenta no sólo de una mutua reciprocidad entre estos distintos órdenes muchas veces vistos por separado “la ciencia . la sociedad”, sino también para formar una apelación al discurso científico en la que se busque señalar una dimensión infranqueable del fenómeno en la puesta en escena del conflicto: “Naturalmente, todo este elevado número de puntos de contacto entre los humanos y los no humanos resulta impensable si con el término «social" nos referimos a la pura fuerza bruta de Calicles, o si con el vocablo «razón» aludimos a la capacidad de tapar todas las bocas que es propia de la Ciencia N° 1” (Latour, 2001: 310).
La apelación al discurso científico puede operar como estrategia argumentativa en el refuerzo de posicionamientos políticos que vehiculizan las racionalidades, ya sean ambientalistas, contemplativas, productivistas, locales o especulativas, a través de la representación de la razón científica (la “ciencia N° 1” para Latour). Las imágenes satelitales o las mediciones de la calidad del aire se toman por referentes argumentativos infranqueables que denotan que el objeto ha sido definido por la ciencia; eso se presenta como una realidad fáctica, como un “más allá” de las discusiones políticas, lo que proporciona otro ingrediente a la fabricación de la naturaleza como un fenómeno post político indisputable.
¿Cómo se puede evitar que tanto la ciencia como la naturaleza, en las formas específicas de litigar asuntos públicos, se conviertan en apelaciones incuestionables y por lo tanto en estrategias argumentativas que socavan una legítima disputa democrática de usos del territorio? Por lo demás es cuestionable lo siguiente: ¿la enunciación del fuego en estos términos será la forma que encontramos para ensamblarlo al cosmos? ¿O será que acaso este complejo, y a veces desafortunado tratamiento de él, responde a mecanismos sociales y del discurso que operan subrepticiamente?
Conclusiones
Mediante la propuesta de los marcos epistémicos, la problematización de las entidades, de la sociedad y de la naturaleza, y además ejemplificado esto con el fuego en su mutua implicación con el universo del sentido social, se ha intentado resignificar la discontinuidad ontológica forjada por occidente que presentaba “un mundo de las cosas dotado de una factualidad intrínseca y un mundo de los humanos regido por la arbitrariedad del sentido” (Descola, 2012: 109).[10] Ahora se puede vislumbrar que, entre el fuego, objeto solitario en las islas, y aquel que “hace arder las redes” hay un proceso de socialización y de mutua significación entre los discursos sociales y el actante no humano.
Se identificó también cómo se han intercambiado características, propiedades y acciones entre humanos y el fuego (y el virus también, como parte del contexto); en tanto el fuego “avanza”, “retrocede”, “se lo combate” dando cuenta unas veces de una “antropización” y otras de una “cosificación” sobre este componente. Al igual que quienes provocan el (al) fuego, el “ellos” en las discursividades sociales, el fuego es invitado a formar parte del antagonismo discursivo junto al colectivo de identificación social contrario a los imaginarios ambientalistas y/o contemplativos de la naturaleza. A su vez, el fuego en tanto objeto y producto de un proceso físico-químico atraviesa varios estados en donde pierde y gana propiedades (sustituciones) hasta llegar bien a las redes sociales como imagen o bien para participar de cuadros estadísticos como número o en fotos satelitales como punto rojo.
Se ha intentado dar cuenta de que el fuego es un hecho y una representación al mismo tiempo, y que esto se moviliza a través de la sociedad adquiriendo diversas formas en función de las maquinarias de persuasión colectiva que lo involucran para argumentar desde las diversas lógicas o imaginarios sociales. Lejos de ser una tarea sencilla, se espera que estas perspectivas conceptuales permitan viabilizar una investigación un tanto más “realista” y vinculante de los distintos fenómenos que engloba: físico-químicos, discursivos, ambientales, sociales, etc. en pos de dar cuenta de la complejidad del problema.
De igual forma se piensa que las racionalidades que entran en disputa en torno a la presencia del fuego solicitan una puesta en discusión del uso/representación del ambiente que considere a todas las voces como válidas en un plano de igualdad. Más allá de la recreación de adversarios, de la apelación a la razón científica o de la cosificación de elementos sustraídos de una cosmopolítica socio natural (como el fuego, abordado aquí), la puesta en escena de un conflicto territorial podrá ser la punta de ovillo para pensar cómo los seres humanos se vinculan con y en el cosmos. Finalmente, ¿cómo participan, humanos y no humanos en la gestión de este conflicto socioambiental?, ¿de qué formas se advierten los componentes que hacen al fenómeno?; es decir, ¿de qué modos hablan cada una de las “entidades polémicas, no inocentes y metafísicos pobladores del mundo?” (Latour, 2001: 353).
Referencias
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Notas